Por un momento, mientras ajusta la mirada y acomoda el brazo derecho con cierta incomodidad, Gilberto Pérez Cuervo vuelve a ser aquel arquero que brillaba con intensidad en la UV Xalapa de la Segunda División.
La charla con el actual entrenador de porteros del Club Delfines de Xalapa AC fluye, franca, directa, como si siguiera bajo los tres postes, analizando cada jugada con la misma precisión con la que antes volaba para salvar un gol.
Hoy, desde otro ángulo de la cancha, el ex guardameta opina sin titubeos:
“Para mí, en estos momentos, el portero es el Tala… el de Guadalajara.”

Su sentencia cae firme. Explica por qué: “Te maneja un poquito más el área, es más seguro. Los otros no… han estado muy variantes, muy dudosos, tanto en la salida como en la precisión del agarre.”
Para Pérez Cuervo, la batalla por el arco nacional tiene dueño momentáneo: Miguel “Tala” Rangel, quien —según él— atraviesa un mejor momento que sus competidores.
Cuando la conversación aterriza en Luis Ángel Malagón y su actuación ante Paraguay, el tono cambia. No es crítica, es análisis fino, quirúrgico, de portero a portero.
— “Los porteros necesitamos un poquito de suerte…” reconoce.
Pero al desgranar las jugadas, apunta que en el primer gol el arquero del América “no leyó la jugada”. Un paso más, recalca, habría cambiado la historia: “Si adelanta un poco, con las manos la agarra.”
En el segundo tanto, habla de técnica, de esencia: “Falta seguridad en las manos. Muchas veces buscan la espectacularidad para el público antes que asegurar el balón.”
Sus palabras no suenan a reproche, sino a experiencia de esos días en los que el viento soplaba distinto y la tribuna esperaba milagros bajo el arco.
Ausente
La conversación cambia de ritmo cuando se toca un tema que aún le escuece: su ausencia en la final Máster del futbol de la Fundación UV, donde el equipo Dique buscará el título ante Nápoli.
Pérez Cuervo suspira antes de hablar.
— “Es bien difícil llegar a este nivel… a este último partido.”
La lesión llegó cruel, casi al final del camino: una distensión en el hombro, muscular y de ligamento, que lo dejó fuera del partido que tanto esperaba. La séptima final consecutiva… y él tendrá que verla desde fuera.
“Me siento muy mal”, repite, no por dramatismo, sino por honestidad. Extraña la cancha, el ritual, el eco del balón chocando contra los guantes.
“Estar en una final es algo digno. Ganarla ya es el premio. Pero jugarla… eso es lo más bonito.”

Habla de su equipo con orgullo y pertenencia:
“Es un equipo… un equipo de siempre. Me duele no estar, pero desde aquí les deseo que pongan el extra y ojalá se salga con la séptima.”
Gilberto Pérez Cuervo, arquero de corazón eterno, mira hacia adelante a pesar del dolor en el hombro.
El futbol —como la vida— le ha enseñado que no siempre se juega, pero siempre se siente. Y desde la banda, desde su voz y su recuerdo bajo los postes, todavía defiende lo suyo: el arco, el equipo, la pasión intacta.
Dejar una contestacion