Entra la entrevista como quien vuelve a casa después de muchos años: con calma, con esa mirada que ya lo ha visto casi todo, con el andar sereno de quien jamás tuvo prisa para vivir.
Francisco Gabriel Ovando Aguilar —portero de los Delfines de Xalapa en su época dorada— respira, sonríe… y el pasado comienza a hablar solo.

Porque en él, en su voz quebrada por los recuerdos, todavía vive un futbol que parece cada vez más lejano: uno de barrio, de cancha dura, de camiseta sudada; un futbol donde no todos tenían tacos de marca, pero todos tenían hambre.
La vida que le dejó el futbol
“Me dejó vida”, dice sin pensarlo. Y lo repite como si fuera un cliché. Vida, trabajo, satisfacciones; una ruta que no cambiaría por nada.

Su historia —de fuerzas básicas en Guadalajara y Veracruz, de tardes de sol con Delfines, de varias generaciones dirigidas— la cuenta sin rencor. No le debe nada a nadie. Él lo vivió todo.
Su época la llama “dorada”. Y no es metáfora; se le ilumina el rostro al pronunciarla.

Entre el ayer y el hoy, un abismo
Cuando se le pregunta qué diferencia ve entre el futbol que jugó y el que hoy se juega, su respuesta cae como piedra en agua quieta:
“Falta hambre. Falta pasión. Falta disciplina. Falta valores.”
Es un diagnóstico crudo, sin adornos, sin la suavidad políticamente correcta que hoy tanto predomina.

Ovando observa un fútbol mecanizado, militarizado, donde la espontaneidad está en peligro de extinción. La chilena prohibida. El túnel regañado. La bicicleta olvidada.
El talento reducido a una lista de instrucciones.
Lo dice con la nostalgia de quien vio jugar a niños que hoy serían estrellas, pero que no habrían sobrevivido al sistema actual.

El negocio que sustituyó al deporte
El exarquero va más arriba. A la estructura. A lo que llama sin rodeos “el verdadero problema”.
“El futbol mexicano está monetizado. Juegan los que convienen, no los que son mejores.”
Y al hablar de la Selección, la desilusión se hace evidente. La esperanza del aficionado se mezcla con la desconfianza del técnico.

Javier Aguirre, para Ovando, ya no es aquel entrenador que respiraba pasión. Es ahora un engrane más de la maquinaria.
“Hace lo que le piden que haga. No importa ganar o perder.”
Lo dice sin enojo, pero con una claridad que incomoda. La misma claridad de quien no debe favores.
Delfines, la reunión pendiente
Xalapa tiene en Delfines una memoria viva. Una que cada año intenta reencontrarse. Pero no todos llegan. No todos se sienten convocados.
Ovando, que rara vez asiste, explica por qué:

“No van los que jugamos. No va el equipo del ascenso.”
Aquel grupo que unió generaciones, que construyó una identidad xalapeña, se diluye entre ausencias.
Él quisiera que volvieran todos —los que siguen, los que ya no están— porque sabe que Delfines es más que un equipo: es una historia que sostuvo a una ciudad.
Un consejo para los que vienen detrás
Cuando la entrevista llega al final, y cuando pareciera que ya lo dijo todo, Francisco Gabriel Ovando suelta una de esas frases que sólo pueden nacer de quien ya recorrió el camino:
“Nunca dejen de creer en ustedes. El camino está lleno de tropezones, pero no se necesita dinero; se necesita fe, garra, pasión y disciplina.”

Habla de Dios, de esfuerzo, de trabajo. De mirar a los verdaderos triunfadores.
De recordar que, aun si no se llega a la cima, se llega satisfecho.
El eco final
Cuando la conversación termina, queda en el aire la sensación de haber escuchado a un guardián, no solo del arco, sino de una forma de entender el futbol que está desapareciendo.
Ovando no es un hombre afectado por el presente. Es un hombre agradecido por el pasado.

Un sobreviviente de una época dorada que hoy mira con distancia el futbol moderno, ese que corre más rápido que la memoria.
Pero mientras en Xalapa haya quien lo escuche, quien recuerde a Delfines y quien sueñe con ser futbolista no por dinero sino por pasión, las palabras del viejo arquero seguirán sonando.
Porque hay voces que no necesitan estadio para hacer eco.
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