NOSTALGIA POR EL FUTBOL QUE YA NO ESTÁ

Entra la entrevista  como quien vuelve a casa después de muchos años: con calma, con esa mirada que ya lo ha visto casi todo, con el andar sereno de quien jamás tuvo prisa para vivir.

Francisco Gabriel Ovando Aguilar —portero  de los Delfines de Xalapa en su época dorada—   respira, sonríe… y el pasado comienza a hablar solo.

SIN DUDA alguna, uno de los mejores arqueros que tuvo Delfines.

Porque en él, en su voz quebrada por los recuerdos, todavía vive un futbol que parece cada vez más lejano: uno de barrio, de cancha dura, de camiseta sudada; un futbol donde no todos tenían tacos de marca, pero todos tenían hambre.

La vida que le dejó el futbol

“Me dejó vida”, dice sin pensarlo. Y lo repite como si fuera un cliché. Vida, trabajo, satisfacciones; una ruta que no cambiaría por nada.

EN ESAS tardes de futbol em el estadio Quirasco; Delfines antes de enfrentar a Puente de Ixtla.

Su historia —de fuerzas básicas en Guadalajara y Veracruz, de tardes de sol con Delfines, de varias  generaciones dirigidas— la cuenta sin rencor. No le debe nada a nadie. Él lo vivió todo.

Su época la llama “dorada”. Y no es metáfora;  se le ilumina el rostro al pronunciarla.

EN ACAPULCO, previo a un duelo ante Barracudas.

Entre el ayer y el hoy,  un abismo

Cuando se le pregunta  qué diferencia ve entre el futbol que jugó y el que hoy se juega, su respuesta cae como piedra en agua quieta:

“Falta hambre. Falta pasión. Falta disciplina. Falta valores.”

Es un diagnóstico crudo, sin adornos, sin la suavidad políticamente correcta que hoy tanto predomina.

PACO Ovando, al extremo derecho, con perqueños Tiburones Rojos. Ahí aparece también Guillermo Fernandez (izquierda).

Ovando observa un fútbol mecanizado, militarizado, donde la espontaneidad está en peligro de extinción. La chilena prohibida. El túnel regañado. La bicicleta olvidada.

El talento reducido a una lista de instrucciones.

Lo dice con la nostalgia de quien vio jugar a niños que hoy serían estrellas, pero que no habrían sobrevivido al sistema actual.

CON «CONE», el ex tecnico cetáceo «Alemán» Martínez. en el Quirasco cuando recibieron a los veteranos del Huracán de Tlapacoyan.

El negocio que sustituyó al deporte

El exarquero va más arriba. A la estructura. A lo que llama sin rodeos “el verdadero problema”.

“El futbol mexicano está monetizado. Juegan los que convienen, no los que son mejores.”

Y al hablar de la Selección, la desilusión se hace evidente. La esperanza del aficionado se mezcla con la desconfianza del técnico.

CARLOS E. López, René Olmos, Paco Ovando y Nando Hernández.

Javier Aguirre, para Ovando, ya no es aquel entrenador que respiraba pasión. Es ahora un engrane más de la maquinaria.

“Hace lo que le piden que haga. No importa ganar o perder.”

Lo dice sin enojo, pero con una claridad que incomoda. La misma claridad de quien no debe favores.

Delfines,  la reunión pendiente

Xalapa tiene en Delfines una memoria viva. Una que cada año intenta reencontrarse. Pero no todos llegan. No todos se sienten convocados.

Ovando, que rara vez asiste, explica por qué:

CON un grupo de pequeños.

“No van los que jugamos. No va el equipo del ascenso.”

Aquel grupo que unió generaciones, que construyó una identidad xalapeña, se diluye entre ausencias.

Él quisiera que volvieran todos —los que siguen, los que ya no están— porque sabe que Delfines es más que un equipo: es una historia que sostuvo a una ciudad.

Un consejo para los que vienen detrás

Cuando la entrevista llega al final, y cuando pareciera que ya lo dijo todo, Francisco Gabriel Ovando suelta una de esas frases que sólo pueden nacer de quien ya recorrió el camino:

“Nunca dejen de creer en ustedes. El camino está lleno de tropezones, pero no se necesita dinero; se necesita fe, garra, pasión y disciplina.”

OTRA de Delfines en la temporada 91-92, la del ascenso a la Segunda «B».

Habla de Dios, de esfuerzo, de trabajo. De mirar a los verdaderos triunfadores.

De recordar que, aun si no se llega a la cima, se llega satisfecho.

El eco final

Cuando la conversación termina, queda en el aire la sensación de haber escuchado a un guardián, no solo del arco, sino de una forma de entender el futbol que está desapareciendo.

Ovando no es un hombre afectado por el presente. Es un hombre agradecido por el pasado.

Un sobreviviente de una época dorada que hoy mira con distancia el futbol moderno, ese que corre más rápido que la memoria.

Pero mientras en Xalapa haya quien lo escuche, quien recuerde a Delfines y quien sueñe con ser futbolista no por dinero sino por pasión, las palabras del viejo arquero seguirán sonando.

Porque hay voces que no necesitan estadio para hacer eco.

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