La familia arbitral de Xalapa se encuentra de luto. Don Luis Cano Luna, uno de los grandes pilares del arbitraje local y miembro de la “vieja guardia” que dio forma a la tradición silbante de la ciudad, falleció este fin de semana a los 83 años.
Con él se va una parte importante de la historia futbolera xalapeña, pero también queda un legado sembrado con disciplina, sencillez y amor por el arbitraje.

Quien más reciente y hondamente resintió su partida fue José Luis Villanueva Rodríguez, presidente del Colegio de Árbitros “Julio Yáñez”, quien recordó entre pausas, silencios y voz entrecortada al hombre que lo formó desde que él tenía apenas 18 años.
“Don Luis nació el 21 de junio de 1942 en Teziutlán, Puebla. Tuvo seis hijos”, dijo Villanueva, describiendo con cariño la vida sencilla y trabajadora de un hombre que se movía entre la carpintería, su labor en la antigua SARH y las canchas de futbol donde se convirtió en referente.

Una enfermedad que apagó lentamente su luz
El decano del arbitraje enfrentó una isquemia y varios eventos cerebrovasculares. A partir de entonces, su salud comenzó a complicarse.
Su último adiós llegó rodeado de familiares, compañeros de profesión, amigos quienes reconocen en él una figura invaluable.
“Hoy lo sepultamos”, comentó Villa. “Es de los viejos del arbitraje, de la generación de antaño… uno de los que quedaban de la vieja guardia”.


Mencionó nombres que marcaron época y que ya partieron: los Pineda, Yopihua, Raúl Aguilar. “Todavía anda por ahí, activo, Alfredo ‘Pillín’ Zárate, quien es de su generación”.
La semilla del arbitraje que cambió una vida
Para Villanueva, hablar de don Luis es hablar de sus inicios, de una amistad profunda y de un acto de generosidad que marcó su destino. Ambos vivían en la colonia 21 de Marzo. Los jueves organizaban cascaritas en el campo deportivo. Fue ahí donde nació todo.
“Un día, me dijo: ‘Pita la cascarita’. Yo le contesté que cómo creía, que no sabía. Pero él insistió: ‘Pítala, Villa’. Y me animé”.
Poco después vino la propuesta seria:
—“¿No te gustaría ser árbitro?”
—“No, ¿cómo cree usted?”
Pero la insistencia de don Luis, siempre firme pero amable, terminó por abrirle camino. Lo llevó por primera vez a la junta arbitral, le sugirió que dijera que ya tenía tres meses arbitrando y hasta lo presentó como si fuera un nuevo talento experimentado.

Su debut ocurrió en el campo del Artículo Tercero, acompañado por Efraín García, exjugador de Tercera División. Su primer partido como central fue en la Liga del Ferro, pero que programaba también juegos en los antiguos campos Juárez, hoy Unidad Deportiva Universitaria. Villa tenía apenas 18 años.
“Él me indujo a ser árbitro. Lo que yo soy es por él. Yo siempre he dicho en los cursos que al arbitraje le debo mucho, y gracias al arbitraje tengo una familia de profesionistas”.
Un maestro con toque paternal
Para don Luis, Villa fue ese discípulo que no encontró entre sus allegados, a quienes nunca indujo al arbitraje. “Había un cariño paternal para conmigo”, confesó Villanueva. “Siempre era: ‘El Villa, el Villa’. Y yo siempre: ‘Don Cano’”.
Su relación trascendió lo deportivo. En los años difíciles, cuando Villa formó familia siendo muy joven, el arbitraje se convirtió en un soporte económico y emocional.

Mientras su esposa estudiaba y él arbitraba fines de semana —porque no había torneos nocturnos ni entre semana—, lograron sostener el hogar “subsistiendo”, como él mismo describe, con el fruto del silbato y el esfuerzo compartido.
Nunca renunció ni dejó de esforzarse. Con el tiempo, su esposa egresó de la facultad, mejoró la economía familiar y la vida cambió. Pero el arbitraje siempre estuvo ahí, como parte esencial de su historia.
El adiós, un silbatazo final para un símbolo
El sepelio de Don Luis Cano Luna se llevó a cabo en el Panteón Xalapeño. Fue un acto íntimo, emotivo, lleno de respeto y gratitud. Varios árbitros asistieron para despedir al hombre que formó generaciones.
“Se fue vestido como árbitro”, relató Villanueva con una mezcla de orgullo y tristeza. “A mí me tocó dar el silbatazo final”.

Un gesto simbólico que marcó el cierre de una vida dedicada a impartir justicia en las canchas, pero también a formar carácter, disciplina y seres humanos.
“Hoy lo despedí ya. Terminó la vida de él”, concluyó Villa, con la mente invadida de recuerdos que compartió con Don Luis, cascaritas, consejos, viajes, anécdotas y una amistad que se mantuvo por décadas.
Un legado que perdura
Don Luis Cano Luna no sólo deja estadísticas, partidos o designaciones. Deja una filosofía: servir al futbol con honradez, enseñar sin esperar nada a cambio, abrir caminos para otros.
Su legado vive en cada silbato que suena en las canchas de Xalapa, en cada árbitro que encara un partido con dignidad, y especialmente en quienes —como Villanueva— encontraron en él a un maestro, a un guía y a un amigo.
La vieja guardia se hace más pequeña, pero su historia seguirá marcando el rumbo de las nuevas generaciones.
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