“VI A PELÉ TAN CERQUITA”

(SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE)

Los recuerdos, si se quiere, no envejecerán nunca.

Se quedan ahí, sentados en algún rincón de la memoria. Sólo  esperan que alguien los pronuncie   para volver a caminar.

 En la conversación con Carlos Noel Ortega Pozos, el futbol fue haciendo apareciendo, desaparecía y regresaba convertido en una historia distinta.

Entonces apareció Pelé.

“Lo vi como de aquí a donde venden las cocas”, dice Carlitos, señalando hacia la cafetería de la Unidad Deportiva de la Universidad Veracruzana.

CARLOS Ortega (derecha) junto con otro jugadorazo der la vieja guardia, Rogelio Galván.

Tan cerca

Para un hombre que dedicó buena parte de su vida al futbol, aquella cercanía no fue solamente una cuestión de metros. Fue la distancia mínima entre un muchacho xalapeño y uno de los grandes mitos que alguna vez pisaron una cancha.

Para Ortega, Pelé fue el mejor.

“Era muy fuerte físicamente y un genio con la pelota”, recuerda.

Y quizá en esa frase caben muchas cosas. La admiración del futbolista que vio jugar al futbolista. El respeto de quien conoce el oficio.  

EDSON Arantes do Nascimento «Pelé» (centro), el más grande.

La mirada de un hombre que alguna vez persiguió una pelota y que, muchos años después, todavía puede recordar con precisión el tamaño de una leyenda.

Pero la memoria de Carlitos no vive solamente de las victorias.

También tiene heridas.

Una de ellas lleva el nombre de su padre.

El accidente cambió el rumbo de su vida. Su padre pasó 21 días en la Cruz Roja de Veracruz. Estaba, como dice Ortega, “muerto en vida”.

Las lesiones fueron graves. El golpe quebró algo más que un automóvil: quebró también el camino que parecía llevarlo hacia Guadalajara.

Carlos tenía una posibilidad. El fútbol profesional lo esperaba. Pero la vida, esa árbitra que nunca consulta al jugador antes de pitar, decidió otra cosa.

«Si no hubiera pasado el accidente de mi papá, yo hubiera ido  al  Guadalajara y sería un ex jugador de Primera División,  como lo es  mi sobrino.»

CARLOS Noel Ortega cuenta sus experiencias.

El sobrino es Rafael “Xalapa” Ortega, aquel futbolista que durante 19 años defendió camisetas entre Veracruz y Monterrey. El apellido Ortega siguió rodando sobre el césped.

Uno se quedó con la historia de lo que pudo ser.

El otro escribió la historia que sí fue.

Rafael llegó a ser capitán del Monterrey. Después del futbol, emprendió otros caminos. Carlitos lo recuerda con orgullo, sin apropiarse de sus triunfos. Lo menciona como quien habla de un familiar, pero también como quien sabe que en esa camiseta hubo una prolongación de su propia historia.

Y cuando se le pregunta qué se siente ser considerado una leyenda, responde sin levantar demasiado la voz.

Le gusta. Pero no presume. No le gustan quienes cuentan sus propias hazañas a cada esquina. No le interesa hacer propaganda de sí mismo.

Quizá por eso su historia tiene algo de las historias verdaderas: no necesitan gritar.

EL FUTBOL QUE SE LLEVA EN EL CORAZÓN

Carlos Noel Ortega Pozos nació el 28 de septiembre de 1940, en Xalapa, Veracruz.

Mide 1.55 metros. Cuando jugaba, pesaba alrededor de 60 kilos. Pequeño de estatura, grande de fuerza.

El futbol no siempre se juega con centímetros. A veces se juega con coraje, con inteligencia, con una pelota pegada al pie y con esa misteriosa capacidad de aparecer donde nadie esperaba.

Su equipo mexicano, cuando el balón le pregunta por un escudo, sigue siendo Cruz Azul.

Aunque cuando su sobrino jugaba en Monterrey, el corazón también tenía una habitación reservada para los Rayados.

Fuera de México, su mirada viaja hasta Milán.

Ahí está Franco Baresi, el eterno capitán del Milán, otro de esos jugadores que, para Carlitos, pertenecen a la aristocracia del balompié.

FRANCO Baresi (foto), entre los favoritos de Carlos Noel Ortega.

Y si le preguntan por un mexicano, la respuesta llega con un nombre de otra época:

Isidoro “Chololo” Díaz.

Le gustaba verlo jugar en Guadalajara, en la media cancha.

También recuerda a Carlos Reinoso, aquel chileno que hizo de México su casa y que dejó una huella profunda en el balompié nacional.

Pero sobre todos ellos vuelve Pelé. El nombre aparece como aparecen las cosas que todavía emocionan.

«Un gran jugador. Nadie como él».

EL REZO Y FUTBOL

Todo futbolista tiene sus pequeños secretos.

Algunos no pisan las líneas. Otros tocan el pasto. Otros repiten una ceremonia antes de entrar al campo.

Carlitos tenía la suya.

Mientras los demás se preparaban, él pedía un momento.

“Espérenme tantito”. Y rezaba.

Podían pasar más de treinta minutos.

No era una cábala para pedir goles. Ni para pedir fama. Ni siquiera para pedir que su equipo ganara.

Pedía algo más sencillo.

Que no hubiera lesionados. Ni de ellos. Ni de nosotros.

Y, principalmente, que no le pasara nada a él.

Después tocaba el pasto.

Y entraba.

Tal vez el futbol también sea eso,  un poco de técnica, un poco de fortuna y una oración pequeña antes de comenzar.

LAS COSAS QUE QUEDAN

Le gusta el pescado. También los mariscos.

De la lectura guarda una historia más breve. Su padre quería que estudiara. Pero el futbol tiraba de él con una fuerza difícil de explicar. Estudió solamente un par de años de secundaria.

Y luego estaba el cine. Las películas de  Charlton Heston y Tony Curtis.

Hombres de una pantalla que pertenecía a otra época, como también pertenece a otra época aquel futbol que Carlitos recuerda.

Con el Celaya de la Segunda División vivió un futbol de viajes, concentraciones, vestidores y largas horas de entrenamiento.

Cuenta que los jugadores profesionales permanecían concentrados. Entrenaban por la mañana y por la tarde. Una vez por semana podían salir a comprar ropa, pantalones, camisas o ropa interior.

Después había que regresar. La pelota imponía horarios. La vida imponía otros.

Y algunas veces, como ocurrió con él, la vida terminaba ganándole al futbol.

EL ADIÓS

Al final de la conversación, Carlitos manda un saludo.

Pero no piensa primero en los periodistas, ni en los aficionados, ni en quienes algún día escucharán su nombre.

Piensa en su esposa.

Cuenta que sufrió una caída de caballo cuando era niña. Habla de ella con ese tono de quien ha compartido  muchos  años  y que ahora es su compañera eterna.

“Mi santa”, dice.

Y ahí termina la charla. No con una estadística ni  un campeonato;  sin una fotografía levantando un trofeo.

Termina con un hombre recordando a la mujer de su vida.

Quizá así debía terminar.

Porque Carlitos no es solamente el futbolista que Xalapa recuerda. Es también el muchacho que estuvo cerca de Pelé. El jugador que pudo haber llegado más lejos.

El hijo que regresó cuando su padre lo necesitó. El tío que vio a su sobrino convertirse en capitán del Monterrey.  El aficionado que todavía elige al Cruz Azul.

El hombre que admira a Baresi, que recuerda al “Chololo” Díaz y que guarda en la memoria el futbol de otros tiempos.

CARLITOS, a la puerta de su casa, en la céntrica calle de Basurto.

Y sobre todo, es un hombre que aprendió que hay partidos que no se juegan en una cancha.

Algunos se juegan contra el destino.

Y esos no siempre se ganan.

Pero dejan una historia.

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