LIGA MX SE INDEPENDIZA DE LA FMF

La escena se repite con puntualidad casi ritual. En Liga MX, los dueños se reúnen, deliberan y, al final, anuncian cambios que prometen modernidad.

Esta vez no fue la excepción. La Asamblea de  Dueños celebrada en las instalaciones de la Federación Mexicana de Futbol, en Toluca, dejó sobre la mesa un concepto que suena sofisticado, importado y hasta aspiracional: “gobernanza corporativa”.

Todo hace indicar que la decisión  va encaminada a separar jurídicamente a la FMF de la Liga MX y, a partir de ahora, la Liga se convertirá en una Asociación Civil y tendrá mayor independencia como sucede en las principales ligas de Europa.

El término, sin embargo, parece más una cortina elegante que una solución de fondo. Porque mientras en el discurso se habla de profesionalización, transparencia y estándares europeos, en la práctica persisten las ausencias que verdaderamente condicionan el desarrollo del futbol mexicano.

El comunicado oficial presume un proceso iniciado en 2024 y desarrollado a lo largo de 2025 y 2026, con la participación de los 18 clubes y el acompañamiento de despachos especializados en derecho deportivo y corporativo.

 Se anuncia la creación de cuatro comités estratégicos —Deportivo, Comercial, de Inversión y Certificación, y de Ética y Buen Gobierno— como pilares de una nueva estructura institucional.

Bienvenido Atlante

Los Potros del Atlante  fueron recibidos en la Asamblea de Dueños.  El propietario azulgrana, Emilio Escalante, ya tuvo su lugar  en el cónclave.  El torneo Apertura 2026 arrancará 17 de julio, poco después de la conclusión del Mundial FIFA.  

Sobre el papel, la arquitectura luce impecable. Orden, controles, decisiones colegiadas. Un intento por acercarse a los modelos de ligas europeas, donde la organización centralizada y la planeación a largo plazo han sido claves para su consolidación global. Pero el problema no es lo que se dice, sino lo que se omite.

Porque en ningún punto del anuncio aparece el tema que más incomoda, pero también el que más define la esencia competitiva: el ascenso y descenso. La omisión no es menor. Es, en realidad, el síntoma más claro de una liga que busca parecerse a Europa en la forma, pero no en el fondo.

LOS DUEÑOS del balón tomaron decisiones a la «europea».

En el llamado “Viejo Continente”, las principales ligas sostienen su credibilidad en la meritocracia deportiva. Equipos que descienden por malos resultados y otros que ascienden por méritos propios.

Esa dinámica no solo alimenta la competencia, también mantiene viva la ilusión en cada rincón del sistema. En México, en cambio, la congelación del descenso sigue siendo una herida abierta que ni la nueva “gobernanza” parece dispuesta a cerrar.

La contradicción es evidente. Se pretende construir una liga “global” sin adoptar uno de los principios más básicos del futbol internacional. Se habla de competitividad, pero se mantiene un modelo que protege la permanencia por encima del rendimiento.

A ello se suma otro contraste estructural. Se trata de los  derechos de transmisión. Mientras en Europa las ligas negocian de forma centralizada, fortaleciendo su poder comercial y equilibrando ingresos, en México cada club continúa operando por su cuenta. Un esquema fragmentado que limita el crecimiento colectivo y profundiza las desigualdades internas.

Así, la Asamblea deja más preguntas que certezas. ¿Puede una liga aspirar a estándares globales sin resolver sus propias inconsistencias? ¿Es suficiente rediseñar organigramas cuando el problema es, en esencia, deportivo?

La Liga MX vuelve a apostar por el discurso de la modernización, pero evita tocar los cimientos que sostienen —y también frenan— su evolución. En esa distancia entre lo que se anuncia y lo que se necesita, el futbol mexicano sigue atrapado.

Y mientras tanto, la sensación persiste: más que una transformación real, lo presentado parece otra de esas bien elaboradas “bombas de humo” que, año con año, prometen un cambio que nunca termina de llegar.

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