Carlos Noel Ortega Pozos va caminando lentamente por los pasillos de la Unidad Deportiva Universitaria. Se detiene. Mira una jugada. Observa el movimiento de los jugadores y después continúa su camino.
El bastón es ahora su compañero inseparable. Los años han pasado, pero los recuerdos no. Esos permanecen intactos, frescos, emocionantes, como si el tiempo no hubiera conseguido llevarse aquella época en la que descubrió lo que significaba patear una pelota.
Carlitos nació para jugar
Los elogios son buenos de vez en cuando, aunque él siempre ha procurado mantenerlos a distancia.
Fue un mediocampista ambidiestro, de apenas 1.55 metros de estatura, pero con una pegada poderosa y un toque que, según quienes lo vieron, podía embelesar a cualquiera.
“No me gusta hablar de lo bueno que fui, porque nunca quise sentirme más que nadie”, dice. Pero después reconoce que durante años escuchó prácticamente lo mismo de quienes lo vieron jugar: que era un gran futbolista.
Quienes lo conocieron dentro de una cancha lo reafirman. Roberto “Cacala” Blanco, uno de los nombres ligados a la historia del futbol xalapeño, también ha hablado de aquel jugadorazo que fue Carlos Noel Ortega Pozos.
Su historia pudo haber llegado mucho más lejos
El profesionalismo apareció en su camino con el Celaya de la Segunda División. Ahí estaba la oportunidad de seguir escalando, de buscar un sitio en los grandes escenarios. Y entonces llegó el accidente.
Un accidente carretero en el que su padre resultó gravemente lesionado cambió el rumbo de su vida. Carlos Noel nunca regresó a Celaya. Tampoco pudo viajar a Guadalajara.
Y con ello se cerró, de manera abrupta, una puerta que parecía conducir directamente al futbol de Primera División.
“Nacho” Trelles vio algo especial en aquel muchacho
“Ven, chaparrito”, le había dicho. La idea era enviarlo a Guadalajara para presentarse con el Oro —posteriormente Gallos de Jalisco—, el Atlas o las Chivas. Trelles estaba convencido de que en cualquiera de esos equipos podía quedarse.
“En cualquiera vas a quedar. Es seguro. Te van a contratar y vas a ganar bien”.
Pero la vida escribió otro guion.
A meses de aquella temporada llegó un telegrama de su hermana Teresa. Sus padres habían sufrido un accidente cuando viajaban rumbo a Veracruz. Iban a León, Guanajuato, para comprar calzado que después vendían en el estado.
Su padre permaneció 21 días en la Cruz Roja de Veracruz.
Carlos tuvo que regresar.
El futbol quedó entonces en segundo plano. No porque hubiera dejado de quererlo, sino porque había cosas que estaban por encima de una carrera deportiva.
Con los años, aquella historia que pudo ser se convirtió en una de las grandes anécdotas de su vida. Una carrera profesional que quedó interrumpida justo cuando comenzaba a abrirse la posibilidad de llegar más arriba.
Sus inicios
San Bruno, Millonarios, Magisterio, Venusca, de Venustiano Carranza, y aquel primer paso con el Dique en Cuarta Fuerza forman parte de una trayectoria que pertenece a otra época del futbol xalapeño.
Tenía apenas 15 años cuando comenzó a jugar en Cuarta Fuerza.
Fue ahí donde lo vio Diorico Ramos.
“Vente a jugar con nosotros”.
Y aquel muchacho que vivía a una cuadra del centro comenzó a construir una historia que años después sería recordada por quienes tuvieron la fortuna de verlo jugar.
Había velocidad, técnica y una inteligencia especial para anticipar las jugadas. Él mismo recuerda una de sus armas: calculaba la distancia, esperaba el momento y se adelantaba para ganar el balón, incluso en el juego aéreo.
No necesitaba imponerse por tamaño.
Lo hacía con inteligencia.
Con el tiempo llegó la oportunidad de ir a Celaya y, con ella, el encuentro con Nacho Trelles. El reconocido entrenador le habló directamente. Le dijo que jugaba muy bien. Después vino aquella promesa de las cartas para el Oro, Atlas y Guadalajara.
Tres caminos posibles hacia la Primera División.
Ninguno pudo recorrerse.
El accidente familiar lo cambió todo.
El futbol como herencia
Carlos Noel es también tío de Rafael “Xalapa” Ortega, futbolista que hizo carrera profesional con Monterrey y Veracruz.
Lo dice con una mezcla de orgullo y picardía:
“Yo lo enseñé a jugar”.
Y después se ríe.
Durante aquellos años de esplendor, entre las décadas de los cincuenta y sesenta, el futbol era una forma de vida. No existían las comodidades ni la exposición mediática de la actualidad. Los jugadores construían su prestigio en la cancha, en los campos de tierra, en las ligas y en el reconocimiento de la gente.
Carlitos pertenece a esa generación.
Una generación que jugaba por pasión.
Por eso todavía hoy, cuando llega a la Unidad Deportiva Universitaria, busca a sus amigos.
“¿Dónde está Rogelio Galván (auxiliar de Gil Galván en el equipo del Dique) ? Me dijo que iba a estar aquí”.
La respuesta llega pronto:
“Hoy no juega el Dique, Carlitos. Le tocó descanso”.
Rogelio Galván es otra de las joyas del futbol xalapeño. Otrora gran jugador, hoy leyenda vigente.
Carlitos escucha, acepta la noticia y termina sentado en la grada.
Desde ahí observa parte del partido entre Dique Buena Vista e Independiente. El primero ganó 1-0.
Podría parecer una escena cotidiana.
Pero no lo es.
Porque mientras observa el partido, Carlitos también está mirando su propia vida.
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