La Selección Mexicana volvió a tropezar en su intento de convencer. Después del insípido 0-0 ante Japón, ahora necesitó de un gol milagroso de Santiago Giménez en tiempo agregado para rescatar un 2-2 ante Corea del Sur en Nashville.
Más que alivio, el resultado dejó la sensación de un Tri atascado, que juega a ráfagas y sufre demasiado para sostener ventajas.

Preocupante
Lo rescatable: los golazos de Jiménez y Giménez. Lo preocupante: la dependencia de jugadas aisladas, el desorden atrás y la falta de un plan de juego sostenido.
El partido comenzó con un destello de esperanza: Raúl Jiménez abrió el marcador al 22’ con un cabezazo impecable, de esos que recuerdan su mejor época.

Sin embargo, el guion del Tri es ya demasiado previsible: arranca con brío, pero se apaga pronto, sin ideas ni contundencia para finiquitar. Corea, paciente y ordenada, cerró espacios y esperó su momento.
El segundo tiempo fue una pesadilla conocida. La entrada de Son-Heung Min revolucionó a los Tigres de Asia y, apenas tres minutos después, el crack del Tottenham vacunó a México con un zurdazo imposible para el “Tala” Rangel.

El golpe descompuso al cuadro de Javier Aguirre, que no encontraba respuestas en defensa. Y al 75’, Hyeon-Gyu se dio el lujo de amagar a Johan Vásquez y poner el 2-1 con un misil que dejó al Tri contra la lona.
La reacción mexicana fue más de orgullo que de futbol. Giménez rozó el empate al 89’, pero Seung-Gyu le negó el grito con una atajada espectacular. Cuando parecía que el Tri firmaría otra derrota amarga, apareció el mismo “Chaquito” al 90’+3 con un zurdazo al ángulo que maquilló la noche y evitó el bochorno total.

El 2-2 suena decoroso en el marcador, pero el análisis es más duro: México se mostró frágil, sin variantes ofensivas y con grietas defensivas que los rivales asiáticos explotaron sin piedad. Dos amistosos, dos empates y demasiadas dudas. El Tri de Aguirre se ve más reactivo que protagonista, más sufrido que dominante.
A este paso, la Selección no asusta a nadie y sigue dejando la impresión de que, cada vez que se cruza con rivales intensos y disciplinados, termina naufragando.
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