“Me vacié”: el capitán de la Albiceleste cierra una historia de lucha, dolor, gloria y pertenencia que durante años tuvo a Jorge Messi como uno de sus principales protagonistas.
“Ya está. Ya está”.
En el estadio Lusail, después de conquistar el Mundial frente a Francia, Lionel Messi levantó la mirada hacia el palco donde estaba su familia. Entre ellos, Jorge Messi. El gesto duró apenas unos segundos, pero encerraba una vida entera.

Argentina acababa de tocar la cima del mundo y La Pulga, a los 35 años, entendía que había cumplido aquella misión que durante tanto tiempo pareció inalcanzable.
Semanas antes había advertido que Qatar podía ser su último Mundial. Sin embargo, después de aquella noche histórica, todavía regaló otro capítulo. Llegaron una nueva Copa América y otra final mundialista. Hasta que, 43 días después de aquella consagración, llegó la frase que nadie quería leer:
“Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección…”
La decisión estaba tomada. Lo que faltaba era entender por qué.
“Me vacié”.
Esta vez, nadie se atrevió a discutirle.
Messi contó que había escrito su carta de despedida dos días después de perder la final ante España, el 19 de julio. Poco después, el 8 de agosto, murió su padre. Y entonces aquella decisión adquirió otra dimensión.
“Hoy, después de lo de mi papá, estoy más convencido que antes”.
Es imposible contar la historia de Messi con Argentina sin hablar de Jorge. Padre, representante, consejero y, sobre todo, puente entre Leo y el país que nunca dejó de llevar consigo.
Cuando la familia Messi se dividió en 2001 debido a la adaptación a la nueva vida en Barcelona, Leo y Jorge permanecieron en Cataluña mientras el resto regresó a Rosario. Padre e hijo enfrentaron juntos la distancia, la incertidumbre y las dificultades de aquellos primeros años.
Jorge fue también quien mantuvo viva la conexión con Argentina.
Aquel niño que llegó a Barcelona con apenas 13 años creció en Cataluña, pero jamás dejó de sonar argentino. Su acento, sus expresiones y hasta su manera de comerse la “ese” al hablar recordaban permanentemente sus raíces rosarinas.
Pero esa pertenencia no siempre fue reconocida.
Para una parte de Argentina, Messi llegó a ser visto como un jugador demasiado español, pese a que rechazó representar a la selección de España. Le reclamaron actitud, compromiso e incluso que no cantara el himno.
El resultado fue una relación difícil, marcada por el amor y también por la exigencia.
Tres finales consecutivas perdidas —el Mundial de 2014 y las Copas América de 2015 y 2016— llevaron la frustración al límite. Messi había ganado el Mundial Sub-20 en 2005 y el oro olímpico en 2008, pero con la selección mayor la gloria parecía negarse una y otra vez.
Hasta que llegó el golpe definitivo.
Después de perder por penaltis ante Chile en Nueva Jersey, en 2016, Messi anunció su renuncia.
“Lo busqué. Era lo que más deseaba. No se me dio. Creo que ya está”.
Parecía el final. No lo fue.
Meses después, el técnico Edgardo Bauza consiguió convencerlo de regresar. En aquella operación emocional, Jorge Messi volvió a desempeñar un papel fundamental. El padre hizo de intermediario entre entrenador e hijo y, en privado, insistió en algo que terminaría cambiando la historia:

“Tiene que seguir intentándolo. Y que la gente diga lo que quiera”.
Messi siguió.
Y encontró aquello que durante años parecía imposible: ganar.
Primero llegó la Copa América. Después, la Finalissima. Finalmente, el Mundial de Qatar.
La imagen de Lusail, con Messi levantando la Copa del Mundo, terminó convirtiéndose en la respuesta definitiva a años de críticas, dudas y derrotas.
Por eso su despedida no puede entenderse únicamente como el retiro de un futbolista.
Es el cierre de una relación compleja entre un hombre, su país y una camiseta que durante años le exigió más de lo que parecía humanamente posible.
Y en el centro de esa historia estuvo Jorge Messi, el padre que lo acompañó cuando el sueño apenas comenzaba, que ayudó a convencerlo de regresar cuando todo parecía perdido y que alcanzó a verlo cumplir aquello que ambos habían perseguido durante toda una vida.
Messi se va de la Selección después de haberlo ganado todo. Pero su verdadera victoria no fue solamente levantar la Copa del Mundo: fue conseguir que aquella camiseta que tantas veces le dolió terminara siendo, finalmente, parte inseparable de su propia historia.
Dejar una contestacion