La Copa del Mundo no entiende de nombres, historia ni favoritismos. Y Portugal lo comprobó de manera amarga en su debut.
Con Cristiano Ronaldo desde el inicio y con el peso de ser considerado uno de los candidatos al título, la selección de Roberto Martínez apenas rescató un empate 1-1 frente a una sorprendente República Democrática del Congo en Houston, un resultado que sabe más a derrota que a punto ganado.

El inicio parecía confirmar todos los pronósticos. Apenas al minuto seis, Pedro Neto envió un centro preciso que encontró la cabeza de Joao Neves para abrir el marcador y encender la ilusión portuguesa.
En las tribunas se esperaba el momento de Cristiano, el gol del histórico capitán y una noche de fiesta para el eterno “Bicho”.
Pero el futbol siempre guarda un giro inesperado.

Portugal cayó en la trampa de la confianza. Con una posesión dominante cercana al 80 por ciento durante el primer tiempo, su control del balón no se tradujo en profundidad ni en peligro real. Mucha circulación, pocas respuestas y una sensación de comodidad que terminó convirtiéndose en un problema.
Del otro lado, Congo dejó de ser un equipo que solo resistía. El conjunto africano entendió que también podía jugar, asociarse y mirar de frente a un rival con mayor cartel. Ya no son tiempos en los que los equipos africanos se sostienen únicamente en la potencia física; ahora también tienen ideas, personalidad y calidad con la pelota.
Wissa y Bakambu comenzaron a generar inquietud, Moutoussamy tomó protagonismo en el mediocampo y, cuando Portugal más esperaba el descanso, llegó el golpe inesperado.
Wissa marcó el empate y celebró con un baile que simbolizó la rebeldía de una selección que se negó a ser una simple invitada en la fiesta de Cristiano.

El gol antes del descanso cambió la historia del partido. Portugal se fue al vestuario cargando una mochila de incertidumbre, mientras que Congo regresó al campo completamente liberado, incluso con la ambición de quedarse con la victoria.
Cristiano tuvo un par de oportunidades, pero su participación fue discreta. Vitinha y Bruno Fernandes estuvieron lejos de su mejor versión y el juego colectivo portugués jamás encontró la velocidad ni la creatividad que lo había colocado entre los aspirantes al campeonato. Solo Araujo y Joao Cancelo lograron sostener un rendimiento aceptable en una noche gris para los europeos.

Los minutos avanzaron y las estadísticas comenzaron a contar una historia inesperada: el equipo que llegó como invitado terminó generando más sensaciones de peligro que el supuesto protagonista.
Congo no se encerró por miedo, no recurrió a las pérdidas de tiempo ni renunció a su estilo. Resistió cuando tuvo que hacerlo, compitió con valentía y escribió una página histórica que terminó siendo celebrada por sus aficionados con un grito que retumbó en el estadio: “¡Olé, olé, Congooo, Congooo!”.

Portugal arrancó el Mundial con un aviso que puede convertirse en alarma. Tiene talento, tiene estrellas y tiene a uno de los futbolistas más grandes de todos los tiempos, pero en su primera prueba quedó demostrado que el prestigio no gana partidos.
El cartel de favorito sigue colgado, aunque ahora está cubierto por una enorme cantidad de preguntas.
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