Los sueños suelen comenzar en una cancha de barrio, entre balones desgastados, largas tardes de entrenamiento y la ilusión de algún día vestir los colores de un gran equipo.
Para Mateo Báez Flores, ese sueño comenzó hace algunos años en Xalapa y hoy empieza a tomar forma con una noticia que ha llenado de orgullo a su familia, entrenadores y compañeros: fue seleccionado para integrarse a las fuerzas básicas de Chivas de Guadalajara.

Con apenas 14 años de edad, el espigado mediocampista ofensivo xalapeño logró superar uno de los procesos de visorías más exigentes del futbol mexicano, donde participaron jóvenes talentos provenientes de distintas ciudades de la República.
Su calidad, disciplina y confianza terminaron por abrirle las puertas del club que siempre admiró.
Mateo mide 1.72 metros, pesa 60 kilogramos y cursa el segundo grado de secundaria en el Centro Escolar Tajín, en Coatepec.

Aunque el futbol ocupa gran parte de su tiempo y sus ilusiones, mantiene claro que la educación seguirá siendo una prioridad. Incluso ya tiene definida una meta profesional fuera de las canchas:, estudiar Derecho, inspirado por el trabajo de su madre, quien ejerce como abogada.
Su historia con el balón comenzó a los ocho años, aunque fue a los once cuando ingresó a Delfines de Xalapa. Ahí empezó a construir las bases de un proceso que hoy le permite dar el salto más importante de su corta carrera.

“Un futbolista tiene que sacrificar muchas cosas. Amigos, reuniones y tiempo libre, pero todo tiene una recompensa cuando haces lo que realmente te gusta”, comenta con una madurez poco común para su edad.
La oportunidad llegó mediante el programa de visorias de Chivas. Primero superó un filtro inicial y posteriormente fue convocado a Guadalajara para una evaluación definitiva realizada en las instalaciones de La Gigantera y Verde Valle.

Allí se encontró con decenas de jóvenes que compartían exactamente el mismo objetivo: ganarse un lugar en el Rebaño Sagrado.
Sin la presencia cercana de sus padres ni de su entrenador durante las pruebas, Mateo tuvo que recurrir a la confianza construida durante años de trabajo.
“Confié en mí y en todo el proceso que he llevado. Sabía que aunque estuviera solo, tenía que demostrar lo que podía hacer”, recuerda.
La prueba duró tres días. De aproximadamente 60 participantes, únicamente 17 avanzaron a la etapa decisiva, donde enfrentaron a jugadores de las propias fuerzas básicas rojiblancas.
Mateo se mantuvo firme en su posición natural, como mediocentro ofensivo o enganche, el tradicional número 10 encargado de generar futbol.
Finalmente llegó el momento más esperado. Los visores comenzaron a mencionar los nombres de los seleccionados.

La emoción sigue viva en su memoria.
“Es una sensación que no se puede describir con palabras. Es algo muy bonito. Te dan ganas de llorar junto a tu papá porque te das cuenta de que cada sacrificio y cada entrenamiento han valido la pena”.
Ahora el siguiente paso ya tiene fecha. Dentro de aproximadamente mes y medio deberá trasladarse a Guadalajara para instalarse de manera definitiva e iniciar una nueva etapa de su vida. Lejos de casa, de sus amigos y de su entorno habitual, comenzará la aventura de formarse como jugador de Chivas.

Mateo sabe que apenas ha dado el primer paso. El camino hacia el futbol profesional es largo y exigente, pero también entiende que la oportunidad que hoy tiene frente a él es resultado del esfuerzo acumulado durante años.
Con la humildad de quien aún tiene mucho por aprender y la ilusión intacta de jugar, algún día, en primer equipo rojiblanco, el joven xalapeño iniciará una emotiva travesía.

Xalapa tendrá ahora un motivo más para seguir de cerca el crecimiento de uno de sus talentos en ascenso, un muchacho que convirtió un sueño de infancia en una realidad y que ya trabaja para que, dentro de algunos años, su nombre también pueda escucharse en los estadios de la Liga MX defendiendo la camiseta de Chivas.
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