El voleibol llegó a Dibanhi Barrera Bautista desde la cuna. Sus padres fueron sus principales impulsores. A los tres años ya comenzaba a familiarizarse con una disciplina que, con el tiempo, la llevaría a representar a México en escenarios internacionales.
Hoy, con la experiencia de quien ha conocido distintas dimensiones de la competencia, Dibanhi mira hacia adelante. No olvida sus raíces, reconoce el esfuerzo que existe detrás de cada oportunidad y entiende que el talento, por sí solo, no basta para mantenerse en el camino del alto rendimiento.
Su historia tiene como punto de partida Xalapa, pero sus experiencias deportivas la han llevado mucho más lejos.

DE INFANTIL A LA CAMISETA NACIONAL
Representar a México no es una experiencia que se olvide fácilmente. Dibanhi lo sabe porque tuvo la oportunidad de vivirla a los 15 años, cuando integró la selección nacional Sub-17 que disputó el Campeonato Mundial, en Perú.
Aquella competencia significó mucho más que una participación internacional. Fue abrir una ventana hacia un universo que hasta entonces parecía lejano, descubrir otras formas de jugar y comprender la dimensión de defender los colores de un país.
“Fue como descubrir un nuevo mundo”, recuerda sobre aquella primera experiencia, en la que también encontró la emoción de representar a México, una responsabilidad que define como algo gigantesco.
Después llegó otro desafío, la selección Sub-21 y la experiencia mundialista en Indonesia. El cambio de categoría le permitió observar de cerca la evolución del juego y la diferencia que existe entre competir con adolescentes de 15 años y enfrentarse a jugadoras de 19 y 20.
Fue un choque con la realidad del alto rendimiento. El voleibol internacional exige velocidad, fortaleza, disciplina táctica y una preparación que obliga a crecer constantemente. Para Dibanhi, aquella experiencia amplió su perspectiva sobre el lugar que ocupa México en el panorama mundial y sobre todo lo que todavía se puede construir.
XALAPA CRECE Y EL VOLEIBOL ABRE CAMINO
Desde su posición como jugadora, también observa con optimismo el desarrollo del voleibol xalapeño. Advierte una mayor presencia de clubes, más niñas y niños interesados en practicarlo y, sobre todo, una atención creciente a los procesos de formación.
Para ella, el crecimiento no consiste únicamente en ganar partidos o conseguir convocatorias. Comienza mucho antes, cuando un niño aprende a coordinar sus movimientos, descubre las bases del deporte y encuentra razones para permanecer en él.
La formación, sostiene, debe realizarse con paciencia, sin convertir la presión en una barrera que termine alejando a los jóvenes de las canchas.

La presencia de más jugadores xalapeños en selecciones estatales es, desde su perspectiva, una señal de que el trabajo va por buen camino.
En esa visión hay una enseñanza que trasciende el voleibol, la de formar deportistas significa también acompañar personas, respetar sus procesos y ayudarles a descubrir aquello que verdaderamente les apasiona.
PSICOLOGÍA, CANCHA Y EL FINAL FOUR
La vida de Dibanhi no transcurre exclusivamente entre entrenamientos y partidos. También hay libros, clases, tareas y responsabilidades académicas. Actualmente estudia psicología en la Universidad Anáhuac, campus Xalapa, una carrera que combina con las exigencias de la competencia deportiva.
Su rutina es intensa. Las jornadas escolares comienzan a las seis y media de la mañana y concluyen a las tres y media de la tarde. Después, dedica tiempo a apoyar a sus padres en las actividades del Club Ankara y todavía encuentra espacio para sus clases de inglés.

En medio de esa agenda, descansar no es un lujo, es una necesidad para recuperar el cuerpo y mantener el equilibrio.
En el plano deportivo, su objetivo inmediato está bien definido. Quiere llegar al Final Four con su equipo estudiantil durante la temporada. Después de completar la primera mitad del calendario, la segunda parte representa la oportunidad de consolidar el trabajo y acercarse a esa meta.
No hay espacio para distraerse. Cada entrenamiento cuenta, cada partido exige una nueva respuesta y cada temporada representa una oportunidad para demostrar cuánto se ha avanzado.
EL FUTURO ESTÁ EN LA FORMACIÓN
Aunque durante mucho tiempo descartó la posibilidad de convertirse en entrenadora, Dibanhi comienza a mirar esa alternativa con otros ojos.
Su acercamiento al trabajo con los niños del club Ankara ha despertado un interés que antes no imaginaba. La cantidad de pequeños que acuden a entrenar implica una responsabilidad importante: cada uno necesita atención, orientación y acompañamiento para desarrollar sus capacidades.
Lo que comenzó como una ayuda ocasional se ha convertido en una experiencia que disfruta cada vez más.
No se apresura a definir su futuro. Sabe que todavía tiene camino por recorrer como jugadora y estudiante, pero ahora entiende que transmitir lo aprendido también puede ser una forma de permanecer vinculada al deporte que ha marcado su vida.
Quizá algún día le corresponda tomar las riendas de un club que forma parte de la tradición voleibolística de su familia. Por ahora, prefiere dejar que el tiempo y las experiencias definan esa posibilidad.
SUS PADRES, SU EJEMPLO Y SU INSPIRACIÓN
Cuando se le pregunta por las personas que admira, Dibanhi no necesita buscar nombres célebres de la política, la historia o el deporte profesional. Su respuesta está en casa.
Sus padres son su principal inspiración. En ellos reconoce el esfuerzo para hacer crecer el club, la capacidad de combinar el trabajo con la vida personal y la perseverancia necesaria para sostener un proyecto que involucra a tantos niños y familias.

En el terreno estrictamente deportivo, siente especial admiración por el voleibol japonés, particularmente por su defensa. Esa capacidad para recuperar balones, sostener los intercambios y convertir la disciplina colectiva en una fortaleza coincide con uno de los aspectos del juego que más le gusta trabajar.
Fuera de la cancha, también hay espacio para los pequeños placeres cotidianos. Ella aprovecha los momentos para descansar, disfrutar del pozolillo que prepara su mamá. Le gusta la obra literaria El Principito —uno de sus libros favoritos desde la infancia— y se deja llevar por las historias de drama y romance.
Son detalles que revelan la otra cara de una deportista acostumbrada a competir, la joven que necesita recuperar energías, disfrutar a su familia y encontrar momentos para sí misma.
DISFRUTAR, INCLUSO ANTE DESAFÍOS
Si algo ha aprendido Dibanhi durante tantos años vinculada al voleibol es que el recorrido no siempre resulta sencillo. Habrá momentos de presión, incertidumbre y cansancio; etapas en las que una jugadora puede preguntarse si vale la pena continuar.
Por eso, su mensaje para los jóvenes que comienzan a practicar deporte no gira alrededor de las medallas ni de las convocatorias. Habla de algo más elemental y, al mismo tiempo, más difícil de conservar, el disfrutar lo que se hace.
Recuerda que habrá días en los que las expectativas de los demás pesen demasiado, cuando la exigencia externa amenace con desplazar la motivación original. En esos momentos, considera fundamental recordar por qué se eligió ese camino y para quién se está recorriendo.
La respuesta, desde su perspectiva, debe encontrarse en uno mismo. Practicar deporte porque gusta, porque apasiona y porque existe una voluntad auténtica de superarse.
Esa es la filosofía que acompaña a Dibanhi Barrera Bautista, la xalapeña que comenzó a jugar a los tres años, conoció la dimensión del voleibol mundial y hoy busca abrirse paso entre las exigencias universitarias y las aspiraciones del alto rendimiento.
Su historia todavía está en construcción. Hay nuevos partidos por disputar, metas por alcanzar y quizá una futura generación de niños a quienes transmitirles lo aprendido.
Pero el fundamento ya está puesto: pasión, disciplina, familia y una idea que vale tanto para el deporte como para la vida.
Porque llegar lejos importa, pero hacerlo sin perder la alegría de jugar es lo que verdaderamente le da sentido al camino, afirmó.
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