El futbol no necesita más violencia, necesita autoridad, orden y responsabilidad
Hay imágenes que deberían obligarnos a detenernos.
No porque sean espectaculares, sino porque anuncian que algo está fallando.
Las redes sociales se han convertido en una especie de escaparate de lo que ocurre en muchas canchas de fútbol: insultos, empujones, golpes, amenazas, invasiones de terreno y pleitos que comienzan por una jugada y terminan convirtiendo un partido en cualquier cosa menos en deporte.
Xalapa y la región no es la excepción.
El pasado domingo, en una de las canchas del Centro Deportivo EFIX, escenario construido e impulsado en su momento por el empresario Pascual Castillo Moctezuma (ahora radicado en Monterrey), ocurrió un episodio que obliga a levantar la voz y, sobre todo, a hacer preguntas incómodas.
De acuerdo con lo que ha trascendido, una persona cuya identidad no ha sido establecida públicamente habría sacado un arma de fuego y realizado varias detonaciones hacia arriba.
Que los disparos no hayan tenido aparentemente como objetivo directo a una persona no vuelve menor el hecho.
Lo vuelve, quizá, todavía más preocupante.
Porque un arma de fuego dentro de una cancha de futbol no es una anécdota. Se trata de una línea que jamás debió cruzarse.
¿Hasta dónde vamos a permitir que llegue la violencia?
Ésta es la pregunta de fondo.
Porque sería demasiado sencillo limitar el análisis a encontrar al responsable de haber llevado el arma y determinar las consecuencias que correspondan.
Eso corresponde a las autoridades.
Pero el periodismo también tiene la obligación de mirar más allá del hecho inmediato y preguntar qué condiciones permiten que una situación semejante pueda ocurrir.
¿Quién controla el acceso a las instalaciones?
¿Existen protocolos de seguridad?
¿Hay responsables perfectamente identificados durante los partidos?
¿Qué ocurre cuando una discusión comienza a subir de tono?
¿Quién interviene?
¿Se cuenta con un procedimiento para desalojar o contener una situación violenta?
Son preguntas elementales.
Y precisamente por ser elementales, resulta preocupante que en muchos espacios deportivos parezcan no tener respuestas claras.

Porque organizar una liga no significa únicamente elaborar calendarios, cobrar registros, designar árbitros y programar partidos.
Organizar futbol también significa hacerse responsable de lo que sucede alrededor de una cancha.
El peligro está en normalizar lo anormal
Hay algo todavía más grave que una pelea. Es acostumbrarnos a ella. Que ya no sorprenda ver a dos jugadores golpeándose.
Que los insultos sean considerados parte del espectáculo.
Que una amenaza se tome como una simple calentura del partido.
Que un aficionado entre a la cancha para agredir a alguien y el encuentro continúe como si nada.
Que los videos circulen por Facebook y WhatsApp durante unas horas y después todo quede olvidado.
Ese es el verdadero problema.
La violencia se vuelve cotidiana cuando dejamos de verla como una excepción.
Y cuando la violencia se vuelve cotidiana, inevitablemente termina escalando.
Primero son los insultos. Después los empujones. Luego los golpes. Después aparecen objetos para agredir.
Y un día aparece un arma.
¿De verdad queremos esperar a que ocurra una tragedia para admitir que el problema existía?
El alcohol tampoco puede ser un tema intocable
Hay otro asunto que debe ponerse sobre la mesa con responsabilidad. Es el consumo de bebidas alcohólicas en los espacios donde se desarrollan torneos de futbol.
No existe, hasta ahora, información suficiente para afirmar que el alcohol haya tenido relación con los hechos registrados el domingo en el EFIX. Sería irresponsable afirmarlo.
Pero tampoco sería responsable ignorar el debate.
Cuando en un mismo espacio coinciden competencia deportiva, emociones intensas, rivalidades, aficionados y consumo de bebidas embriagantes, los responsables de los inmuebles y de las ligas tienen que preguntarse si existen condiciones adecuadas para evitar que una discusión termine en agresión.
No se trata de demonizar el consumo. Se trata de reconocer que la seguridad debe estar por encima del negocio, de la costumbre y de cualquier otra consideración.
Y si existen establecimientos o puntos de venta de alcohol en escenarios deportivos, debe revisarse con seriedad quién vende, qué se vende, a quién se vende y bajo qué condiciones.
Especialmente cuando hay menores de edad presentes.
No basta con decir que «es futbol»
Durante años hemos aceptado demasiadas conductas bajo una justificación absurda: “así es el futbol”. No.
El futbol no es eso. El fútbol no son los golpes. El futbol no son las amenazas. No es humillar al rival ni perseguir al árbitro.
El fútbol no es sacar un arma. Eso no es pasión. Eso es violencia.
Y llamar “pasión” a la violencia solamente sirve para disfrazar un problema que se ha ido acumulando durante demasiado tiempo.

Asumir su parte
Los administradores de las instalaciones, los responsables de las ligas, los delegados de los equipos y quienes organizan los torneos no pueden mirar hacia otro lado.
Tienen que establecer reglas claras y, sobre todo, hacerlas cumplir.
Porque una regla que no tiene consecuencias no es una regla. Es una sugerencia.
Se necesitan protocolos para enfrentar riñas, responsables de seguridad identificables, mecanismos de acceso, control de conductas violentas, procedimientos para suspender partidos y, cuando sea necesario, coordinación con las autoridades.
Y hay algo todavía más importante:
Lo ocurrido en el EFIX debe analizarse con seriedad, pero también con prudencia.
No se trata de estigmatizar a un inmueble, a una liga, a sus equipos o a las familias que acuden regularmente.
Se trata de reconocer que un escenario deportivo que recibe jugadores, entrenadores, niños, jóvenes, padres de familia y aficionados necesita condiciones mínimas que garanticen que todos puedan regresar a casa después de un partido.
La propia configuración del complejo, sus accesos y las dificultades de estacionamiento en las inmediaciones hacen necesario realizar una evaluación integral.
No para convertir una cancha en una fortaleza. No para revisar a cada persona como si ingresara a un estadio de máxima seguridad, pero sí para establecer controles razonables y, sobre todo, mecanismos de reacción.
Porque nadie debería acudir a ver jugar a su hijo y terminar preguntándose de dónde salió un arma de fuego.
Lo ocurrido debe servir como una llamada de atención para todos: autoridades, administradores, ligas, equipos, árbitros, jugadores, entrenadores y aficionados.
Cada uno tiene una responsabilidad. No toda la responsabilidad es de la policía. No toda la responsabilidad es del administrador ni del organizador.
La cultura de la violencia también se combate desde la cancha.
El futbol debe recuperar la cancha
Una cancha de futbol debería ser uno de los lugares más seguros para una familia.
Ahí debería aprenderse disciplina, a ganar y perder.
Ahí debería aprenderse que una derrota no es una humillación y que una victoria no otorga derecho a pisotear al adversario.
Ahí deberían formarse niños y jóvenes.
No futuros violentos.
Dejar una contestacion