VILLA: EL ASISTENTE NO ES “SEPARADOR” DE RIÑAS

La escena no admite matices cómodos. En el caliente América vs Toluca,  de  la Jornada 15 en la  Liga MX, disputado en el Estadio Azteca, la asistente Karen Díaz cruzó una línea que el arbitraje profesional suele cuidar con celo.

 La asistente intervino físicamente sobre un jugador. Lo hizo —según la lectura más benévola— para contener una escalada tras la agresión de Hilinho y evitar que Alejandro Zendejas respondiera. El gesto, sin embargo, desató una polémica que rebasa el episodio y exhibe grietas más profundas.

KAREN, el blanco de criticas.

El testimonio de José Luis Villanueva Rodríguez,  presidente del Colegio de Árbitros “Julio Yáñez”  es claro: la intención puede ser comprensible, pero el procedimiento no.

El asistente no es un “separador” de riñas; su herramienta es la colocación, la comunicación y el respaldo al árbitro central.

En la práctica moderna, durante una riña,  el cuerpo arbitral trabaja en coordinación —ese “triángulo” del que habla Villanueva— para identificar focos de conflicto, aislar protagonistas y, una vez disipado el conato, sancionar con evidencia y consenso.

Agarrar a un jugador rompe ese protocolo y abre un flanco,  el de la pérdida de neutralidad percibida.

Ahora bien, reducir el debate a un error individual sería cómodo… y superficial. El propio Villanueva apunta a un contexto enrarecido, partidos cada vez más tensos, futbolistas que presionan, encaran y rebasan límites sin castigo inmediato, y una consigna difusa de “cuidar el espectáculo” que, en la práctica, termina por relativizar la disciplina.

VILLANUEVA saca conclusiones.

El resultado es un arbitraje que duda en sancionar a tiempo y un entorno que escala con rapidez. Cuando la autoridad se diluye, alguien intenta suplirla con acciones improvisadas. Ahí aparece el manotazo institucional,  tarde y mal.

También hay un ángulo incómodo en sus declaraciones: insinuar factores psicológicos —como la no asistencia a un Mundial— para explicar la decisión de la asistente.

Es una salida débil. La élite arbitral está entrenada para gestionar presión; si la estructura no ofrece respaldo claro y criterios consistentes, el problema es sistémico, no anímico. Personalizarlo corre el riesgo de encubrir fallas de capacitación, lineamientos ambiguos y tolerancias peligrosas dentro de la propia Liga MX.

La jugada, entonces, deja tres lecciones incómodas:

Primero, el límite de la intervención física es innegociable. La prevención no puede convertirse en contacto; para eso existen posicionamiento, voz, tarjetas y, en su caso, el VAR como apoyo posterior, no como muleta previa.

 Segundo, la autoridad se ejerce a tiempo o se paga después. Si el partido estaba “calientísimo”, como se reconoce, la gestión temprana —amonestaciones por protestar, por invadir, por agredir— debió cortar la inercia antes del conato. La permisividad alimenta la siguiente chispa.

Tercero, el discurso de “cuidar el espectáculo” no puede ser coartada para la laxitud. El espectáculo se protege con reglas claras y aplicación firme, no con concesiones que, paradójicamente, terminan ensuciándolo.

¿Estuvo mal Karen Díaz? Sí, en términos de procedimiento. ¿Es la única responsable? Difícil sostenerlo. El episodio revela un ecosistema donde la línea entre control y caos es cada vez más delgada.

Si la liga o la Comisión de Árbitros  no redefinen criterios y respaldan decisiones disciplinarias desde el primer minuto, seguiremos viendo árbitros intentando apagar incendios con las manos. Y eso, en el futbol profesional, siempre termina peor.

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